martes, 7 de abril de 2015

¿Basta con hablar de lo del Jueves Santo?

Reseña primera con los ecos aún danzantes y pornográficos de la pescadilla que se quería morder la cola en la sartén del centro una noche atípica (porque fueron cuatro y no tres) de Jueves Santo. Para empezar, tiene pinta la cosa de que tenemos que ir acostumbrándonos a eso de una más. Que es feliz cosa, no se me entienda mal. Pues eso, que reseña primera, inmediata, previa a la reunión que esta misma noche van a mantener no sé si los hermanos mayores, los diputados mayores o los hermanos mayores y los diputados mayores del día. Y toca lo obvio: hablar de ese impresionante atasco que no fue a más porque el Encuentro que ni pinchaba ni cortaba en el lío, sí que sangró con tanto pincho y tanto corte. Que el Encuentro, viniendo de donde viene, teniendo que volver adonde tiene que volver y haciendo el esfuerzo que hace por llegar adonde estaba soportase el parón que soportó, se comprimiese en el codo que hace Eduardo Pérez con Real y luego se tuviese que saltar la chicane de su itinerario previsto por agilizarle el trago al Silencio, salvó al médico de urgencias del Provincial de remendar alteraciones en los pulsos de más de uno.

¿De quién fue la culpa? Esta noche se sientan en la misma mesa con acento equivocado los hermanos mayores de la Cena y el del Prendimiento que por aquello de que a los hermanos mayores les gusta un fregao, a estos dos les tocó el marrón del día y el barrido de estas postrimerías. Decía que esta noche se sientan los responsables del lío y los responsables de desliarlo. Y el argumento inicial tiene pinta de caer repartido, como los buenos premios de la lotería. El Silencio (la que más retraso sufrió) seguro que le echa las culpas al Rosario del Mar que para eso iba la primera. Como en los atascos en Cabo de Gata. Además, qué coño, que era lo más fácil, que para eso era la nueva, esa suerte de elefante en una cacharrería que fue como se tomó el vulgo su irrupción en la jornada. En eso caímos todos, con la suerte de que yo lo comenté con los que iba, pero a otros les pilló con el micrófono por delante. Siguiendo, en el Rosario, para defenderse, le echarán la culpa a las Angustias, que los paró a su ida en la Catedral porque las Angustias venía con retraso desde la salida y no hizo nada por enmendallo y, dicen, eso nadie lo vio. Las Angustias le dirá al Rosario que bueno, que puede que fuera así, pero ¿cómo pudo tardar tanto de la Catedral a Santo Domingo que a ellos les dio tiempo a llegar a San Juan, regresar y tropezarse con ellos? Vamos, que las capas blancas pudieron haber hecho más por remendar el desaguisado de las colas moradas no que no sólo no lo hicieron sino que la cosa se agravó. Y entre esos argumentos se colarán los sí, pero tú dijiste esto, pero tú te comprometiste a esto otro, ¿que yo dije eso? y las miradas se irán perdiendo, esquivándose en busca de una solución que no deje culpables y sí propósitos. Al fin y al cabo, al Jueves se llegó cargado de ellos. Y aunque a gente de esa a la que hay que escuchar cuando habla de cofradías porque en esto no todos sabemos por igual dijera cuando se conocieron los horarios que esto iba a pasar, la reunión de esta noche no se mantiene en una esquina con ellos sino en la agrupación. Y allí, con propósitos, basta. Aunque sirva de poco, siempre ha bastado.